Una fecha luctuosa para los cubanos: 27 de febrero de 1874
Se cumplen hoy 136 años de la muerte del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes del Castillo.
Algunos dicen: “cayó en combate desigual”; otros, entre quienes me incluyo, sostienen que el abandono del cual fue objeto no sólo lo llevó a aquel paraje agreste de la Sierra Maestra llamado San Lorenzo, sino que, en última instancia, fue responsable de la cacería que sobre él lanzara la columna de soldados españoles del Batallón de San Quintín, presumiblemente conducida hasta allí por algún informante.
Le había sido negada la escolta que por su alto rango político le correspondía, y su hijo mayor, Carlos Manuel, que lo acompañaba en su destierro, no estaba con él en esos momentos: el Padre fundador de nuestro país y nuestra nacionalidad, el primero en declarar libres a sus muchos esclavos y proclamar la independencia de Cuba, fue acosado, acorralado cual animal perseguido. Ya casi estaba ciego…trató de defenderse como pudo, lo poco que pudo: en su solitaria y desesperada defensa, ya herido de muerte, terminó despeñándose por un barranco.
La Cámara de Representantes lo había destituido el 27 de octubre de 1873. Al respecto dijo:
"En cuanto a mi deposición he hecho lo que debía hacer. Me he inmolado ante el altar de mi Patria en el templo de la ley. Por mí no se derramará sangre en Cuba. Mi conciencia está muy tranquila y espera el fallo de la Historia. Y pongamos aquí punto final a la política".
No pudo marchar al extranjero para desde allá continuar ayudando en el afán de hacer a Cuba Libre, pues nunca le fue otorgado el salvoconducto pertinente para hacerlo. Marchó entonces a ese rincón cubano que lovio morir, para dedicar sus últimos días y sus últimas energías, su inmenso talento y su envidiable cultura, a enseñar a los niños campesinos en una humilde escuela.
Cuesta recordar este acontecimiento sin que una oleada de tristeza inunde nuestro corazón.
Pero, al mismo tiempo, nos llena de sólido orgullo y satisfacción sin límites el saber que somos herederos de un Hombre como Carlos Manuel de Céspedes del Castillo, cuya memoria ocupa uno de los sitiales más altos de nuestra Historia patria.
A causa de esa cabeza pierdo frases enteras, palabras y sílabas, numerosas sílabas…, salvo cuando es en inglés porque esa lengua sí la domino a la perfección, pero si se trata de alemán o ruso o checo entonces tengo que realizar un esfuerzo enorme, toda una operación de llenado que me deja exhausto, completamente exhausto,Y lo peor es que a causa de esa cabeza pierdo también miles de millones de imágenes cada segundo, fragmentos de imágenes, pues tengo que dirigir demasiado la vista, a un lado y otro, mientras esa cabeza todo el tiempo delante se desplaza al unísono, como si también a ella le ocurriese lo mismo…, aunque no en igual medida, por supuesto, eso nunca, se trata de una enorme cabeza hidrocéfala, y cinemática, y yo apenas alcanzo a soportar sobre el cuello, una cabeza güiro, mucho más pequeña, aunque eso sí, acerada y brillante. Por otra parte, de correrme dos o tres butacas a derecha o izquierda, me persigue, se corre ella también a derecha o izquierda, lo cual es extraño porque un perseguidor debe estar detrás y no delante, pero esta vez es delante, sólo delante, una verdadera cabeza avant-garde. Claro, abusa porque sabe que nunca me movería a otra fila, me ha observado durante años y sabe, esta cabeza cinemática, que nunca he pasado de la novena, ¡qué digo de la novena…!Siento una verdadera aversión por las primeras filas, por cualquier fila que no sea la adecuada para mi cabeza, más adecuada a medida que más alejada, salvo cuando la sala es demasiado larga, pero no es este el caso, no es este el Negrete o Payret. Mi padre solía empollar en la quinta, era su fila favorita, me atiborraba de maní tostado y me obligaba a permanecer en la quinta, mirando el enorme pantallamen que se me metía por los ojos al tiempo que me provocaba tortícolis… Extraño injerto, me digo, que una cabeza llena de agua pueda retener tantos títulos, una aberración sin par. Jamás vi semejante cabeza cinemática, capaz de salvaguardar tanta morralla… ¿Se da cuenta usted? Hemos entrado en este lugar para refugiarnos de todo lo que nos persigue y aún dentro seguimos siendo perseguidos. Hemos venido huyendo y bajo este techo continuamos huyendo, de butaca en butaca y de imagen en imagen. Afuera nos persigue el horror, la vida, que no es otra cosa que un filme de horror, un acostumbrarse al horror y a la idea de morir. Todo lo que nos rodea no es más que horror, la gente, las cosas, los sentimientos, hasta el clima es un horror en estos días, uno siente de pronto un calor inmenso, un calor bochornoso que es el horror mismo. Sin embargo, nosotros siempre quisimos escapar del horror, aunque claro está, una y otra vez no hemos hecho más que sumergirnos en el horror queriendo huir de él. Un día entramos a este lugar y no encontramos más que una reproducción a escala de todo lo de afuera. O mejor, una reproducción a secas, porque no hay que olvidar la gran pantalla delante de nosotros o tal vez de delante de la cabeza que tenemos delante. Esa gran pantalla repleta de miserias, de horror y de intentos para escapar del horror. Día tras día miramos a la pantalla y no hacemos más que observar lo mismo. No importa cuan diferentes pueden ser las imágenes, al final siempre será lo mismo, cada imagen no es más que el remedo de la anterior, cada imagen es una versión de su antecesora, una sola imagen rodante es lo que vemos y esa es la representación del horror. Por supuesto, no siempre lo vi así y no siempre lo consideré de ese modo. Al inicio me sentía seguro, creí sentirme seguro en este lugar como creía estarlo también en la profesión. Me sentía seguro, pero luego descubrí la cabeza, sea cabeza que me persigue y amenaza con seguir persiguiéndome. Entonces supe que no estaba seguro, supe que seguiría siendo perseguido por algo aunque ese algo pudiera parecer tan inofensivo como lo parece una cabeza que se interpone entre nuestros ojos y los subtítulos de los filmes. Sin dudas se trata de una cabeza come letras que se come también los ojos. Sin dudas todo lo echa a perder y lo pudre como un tumor. Y acaso se trata de eso, del inmenso tumor que se riega por todas partes y nos invade sin consideración. Un tumor que va de dentro hacia fuera, de la pantalla a la taquilla y luego de la taquilla a tanta gente chillona y mediocre. Antes podíamos refugiarnos en el club, allí teníamos tranquilidad. Cada viernes una fiesta y cada jueves una cena. No había mejores oncólogos ¿recuerda usted?, nos llamaban de todas partes. Pero llegó toda esa gente y tuvimos que poner pies en polvorosa. Primero nos llaman y usan nuestro plan de acción y después se lo adjudican y nos convierten en parias, toda esa gente joven. Estos apropiadores que no respetan firmas y ni se les puede demandar. Entonces te tienes que ir al cine y convertirte en cabeza cinéfila donde no hay más que cabezas cinemáticas, espantosas cabezas hidrocéfalas como esta que se nos atraviesa. Apenas vemos la pantalla pero vemos su tumor, claramente definido, un tumor de agua asentado en la mismísima silla turca, chupando información, procesando sin entender. Pero ahora todo es así ¿se da cuenta?, una verdadera cisterna a punto de reventar, el sinsentido lo invade todo. ¿Se ha fijado usted en las noticias?, ¿y el clima?, ¿y las canciones? Todo adquiere una forma caótica, a tal punto ha llegado el horror que lo va deformando todo, como el tumor mismo, desplaza lo que es sano e instala lo podrido, hace rey a lo podrido. Ya no hay donde esconderse, lo podrido siempre nos alcanza, como esa cabeza que nos persigue. Lo vimos venir. Igual que en las consultas, al entrar los pacientes, sabíamos el que estaba marcado, no importaba si tenía la mejor de las sonrisas o la expresión más anodina, el tumor lo señoreaba, lo poseía, y nosotros lo veíamos bien claro. También en este caso, tuvimos la premonición, pero nunca calculamos el alcance real, la duración del mal. Si hubiéramos podido hacer un corte para extirpar habríamos sabido que no había remedio, semejante daño no tenía cura, sería largo y doloroso. De todas formas nadie nos habría escuchado, se habrían reído de nosotros, nos habrían condenado, entonces ni siquiera nos quedaría corrernos de butaca.
Venían de Haití aquellas artesanías que tanto admiré hace unos tres años. Estaban hechas de lata, o mejor dicho, de los latones desechados en los puertos, lata petrolera, lata sin gracia aparente, que luego manos de artistas convertían en increíbles figuras repujadas. Toda una mitología religiosa, sobre todo de esas hermosísimas deidades marinas que llenan el imaginario haitiano. Recuerdo en especial una mampara, compuesta por cuatro hojas del pesado metal de color envejecido. Era una verdadera maravilla de figuras que danzaban en el aire, en un fondo acaso marino, acaso celeste, tal vez ambas cosas. Habría podido quedarme contemplándolo por horas, en busca de nuevos detalles, de nuevas texturas. No sé bien que sucedió con esa pieza, si regresó a Haití, si consiguió llegar a una feria artesanal en Europa donde tal vez se vendió por un precio bien lejano al que merecía, al que yo habría estado dispuesta a pagar al menos en mis sueños. No sé que pasó con esa bellísima obra de arte, como tampoco si las manos que la construyeron aún pueden moverse, si la imaginación que la concibió aún persiste. El dolor es grande, y sobre todo pienso, en aquellos de los cuales ni siquiera quedará el registro de su existencia, los que perdieron entre los escombros no sólo sus cuerpos, sino también toda su memoria, todo vestigio de su paso por este mundo.
No tengo internet ahora, es perturbador, y a la vez me libera. Extraño mis jornadas de navegar, pero mi vida es intensa a pesar de las peripecias y las trabas.
La maestra de Educación Física con su blackberry en la mano derecha y su camiseta Ed Hardy aplaude fervorosa la actuación de los "pioneros" de quinto grado: es el matutino organizado en homenaje a la desaparición de Camilo Cienfuegos. La última frase dicha por los alumnos remite a un dilema aún no resuelto, el paradero real del héroe, pero la frase pareciera hueca, y lo es en un contexto tan anacrónico. La mitad de los niños que observan el "acto político-cultural" está al sol. Se tapan las caritas con lo que pueden, muchos con las pequeñas manos, otros con las mismas flores que echaran a una cazuela de aluminio, limpia, eso sí, que luego será llevada al mar, al río a algún charco cercano. Años atrás la cazuela misma ha estado llena de agua, como si la alegoría funcionara en efecto de esa manera, como si se pudiera explicar a un niño, como tuve que hacer con la mía, que el recipiente está lleno de agua para que asemeje a echar las flores al mar, como corresponde con la tradición. La historia se rompe allí donde el infante es incapaz de entender la semejanza entre un caldero lleno de agua y el mar, y no por deficiencias del niño, sino porque en verdad no tiene nada en común, en absoluto. Versos que se dicen atropellados para terminar más rápido, canciones preparadas al corre corre que de tan desafinadas obligan a la maestra a terminar cantando ella misma lo que debió ser una canción hecha por los "pioneros", textos leídos que parecieran sacados de algún libro de redacción y concordancia, pero de entre los ejemplos de lo qué nunca debe hacerse con el lenguaje, de tan incoherentes y extrañados. De suerte será de los recuerdos que se olvidan, gracias a la cualidad humana de poseer una memoria selectiva. Confío en que ese espacio sea llenado por alguna historia mejor y también confío en que estos niños alguna vez comprendan la verdadera noción de patria, la patria que trasciende consignas y cazuelas, malos maestros e ideologías huecas y retrógradas.
El lunes pasado se inauguró en La Habana, en el cine Charles Chaplin, la muestra Cuatro décadas de Cine Polaco, donde participan once películas de este país de diversos directores. A propósito del tema hice un anuncio en Facebook acerca de mi intención de asistir y recibí un comentario de un amigo sobre sus visitas a la Cinemateca para ver todo tipo de maravillas del cine mundial y en especial del de Europa del Este. Es mucha verdad, en el Chaplin hemos podido disfrutar de cine ruso, de la época soviética y posterior, polaco, checo, húngaro, alemán, entre otros, con más o menos asiduidad. Sin embargo, y aunque ha sido para nosotros una especie de lugar de refugio, paraíso como diría mi amigo, no es suficiente. Hoy bien temprano, cuando regresaba a casa después de dejar a mi hija en la escuela y me dirigía a buscar el pan, pasé por lo que fuera el cine Avenida, en 41 entre 56 y 58, en Playa, que bien pudiera calificar como el cine mi niñez. En este lugar ví maravillas como "Los aristogatos", "La balada de los Dalton", y comencé a disfrutar de lo que luego se convertiría en una preferencia que aún me persigue, los mangas japoneses que a principios de los ochenta daban sus primeros pasos con "Voltus V", "Mazinger Z" y la norteamericana, pero notablemente dibujada por nipones "El último unicornio". También allí, pero ya adolescente tuve oportunidad de saborear mi primera película de Almodóvar, "Mujeres al borde de un ataque de nervios" que me dejó con el placer tremendo que todavía me embarga con las obras de este director español. Hoy, cuando pasé por el otrora Avenida dejé a un lado a Calle 13 y me quité los audífonos para preguntar a un trabajador que pulía el suelo qué iban a hacer en aquel lugar y me dijo que una discoteca. Las emociones fueron varias, tristeza infinita por perder un templo de mi niñez, de la de mis hermanos y vecinos, alegría porque pensé que así tal vez mi hija en su adolescencia podría tener un lugar cercano a dónde acudir a divertirse, inquietud de pensar cómo se llenarían más estas calles de borrachos y gente desagradable. Después de estos primeros sentimientos se instaló la nostalgia, no sólo por el Avenida, sino por todos los cines de barrio de esta ciudad, de los que quedan si acaso un cuarto de los que hubo. En algún momento La Habana sí fue un paraíso para los cinéfilos de todas las edades e ir al cine era un actividad natural y romántica que bien podía terminar con un delicioso helado en las cafeterías que solía haber al lado de las salas. En algún momento pudimos ver casi todo lo que valía, o al menos lo que se nos dejaba ver, pero mucho mucho más que ahora. Era posible sentarse en el Ambassador a ver "Érase una vez en América", "El lado oscuro del corazón " o "Ran" sin que cayera agua del techo o se te posara al lado un masturbador insistente. Pero en verdad, hemos comprobado que estos momentos pasaron y que aunque la cinemateca aún nos programe maravillas del cine ruso y polaco y hasta anuncie ciclos de mi director ruso favorito nos va a quedar ese sabor frío y desagradable de una nostalgia llana, una nostalgia aún así sin Tarkovski.
Ayer en la tarde cuando regresaba con mi hija de su escuela tuve un encuentro cercano con las autoridades locales, o sea con la policía. Venía con mi niña, dos amiguitos de la escuela y la madre de estos cuando al cruzar una calle se me cayó al suelo, sin que me percatara, el pomo donde suele llevar el agua mi hija, y al aviso de un muchacho que se dió cuenta regresé corriendo y lo recogí sin que hubiera otro incidente. Continué mi camino hablando con Cristina, la otra madre, de todas esas cosas que se hablan al salir de la primaria, la merienda que los niños deben llevar porque si no es así se mueren de hambre ya que al almuerzo escolar es una verdadera pena, o quizás de las ausencias de las maestras, o de los casos de dengue y AH1N1 que hay en la escuela, en fin, verdaderas nimiedades, cuando de pronto y de la manera más espectacular vimos acercarse un carro policial dando marcha atrás y detenerse frente a nosotros en la calle. Entonces el copiloto de semejante nave me hizo una seña indefinida con las manos. No dijo Buenas tardes, ni otra palabra de saludo, sólo me señaló con un dedo y luego hizo ese gesto con la mano indicándome que debía acercarme a él. Al principio dudé que fuera conmigo, porque en verdad no encontraba el sentido a aquello, pero luego con mucha curiosidad me acerqué al uniformado. Quería saber, el tal, por qué yo había corrido a recoger el pomo, y le expliqué que me pertenecía, luego preguntó si yo estaba segura porque una señora en la otra cuadra decía que era suyo, repetí que sí y que si tenía dudas estaba el muchacho que había visto el pomo caer de mi mochila y si quería me confrontara a la señora esa. Él no me respondió, ni siquiera se dignó a mirame, sólo le pidió al chofer que arrancara y me dejó sin más explicaciones en el medio de la calle. Entonces pensé muchas cosas, el trato odioso que tienen los policías en este país hacia los ciudadanos, el tiempo que les sobra para perder en boberías y no hacer bien su trabajo, el poder que poseen y no cesan de demostrar encima de autos y motos relucientes con salarios elevados que muchas veces profesionales consagrados no piensan cobrar. Igual me dí cuenta que si él hubiera querido habría podido detenerme, que no hay una ley que se lo impida ni que me proteja, que habría sido mi palabra contra la de él y me quedé pensando cuál sería la pena para este terrible delito de apropiamiento ilícito depomo plástico vacío envuelto en bolsa de tela.